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sábado, 22 de octubre de 2011

Perdonar a nuestros padres


El nacimiento a la edad adulta

No hay ninguna relación que sea tan importante en potencia como la que tenemos con nuestros padres. Generalmente, sobre ella se erigen los cimientos emocionales de nuestra vida.

Después de vivir nueve meses en un vientre seguro y que nos nutre, hacemos nuestra entrada en el mundo exterior. El proceso natural del parto nos lleva hasta el momento en que se corta el cordón umbilical y se establece nuestra autonomía física.

Cuando llegamos a este mundo somos influenciables y receptivos, y al principio seguimos las indicaciones de nuestros padres, los directores temporales de nuestra vida. Después, a medida que pasan los años, aprendemos nuestras primeras lecciones sobre el amor y el temor, la seguridad o la inseguridad, la generosidad o el miedo y la ambición, el respeto por nosotros mismos o la vergüenza y la poca autoestima, la necesidad de controlar o de sentirnos seguros en nuestra vulnerabilidad.

Cuando llegamos a la edad adulta tenemos la oportunidad de hacer realidad otro tipo de autonomía, una autonomía esencial para nuestro crecimiento emocional y nuestra madurez espiritual. Si no hemos sanado la relación con nuestros padres, esta autonomía nos exige pasar por otro proceso de parto. Entonces, en lugar de cortar un cordón umbilical físico, hemos de cortar uno emocional que nos liga a nuestros padres, un cordón hecho de un pasado de necesidades insatisfechas y expectativas no cumplidas.

Muchas veces está compuesto de rabia, críticas, acusaciones, vergüenza y culpa. Si este cordón continúa intacto, hará que una parte nuestra siga siendo un niño pequeño, nos cerrará el corazón y, al igual que todo resentimiento, nos retendrá como rehenes emocionales del pasado. Cortar el cordón requiere que no dependamos de nuestros padres, que ya no esperemos de ellos sustento, amor ni apoyo si no nos lo pueden proporcionar en estos momentos. El perdón nos sirve de misericordioso escalpelo con el cual cortamos el cordón umbilical y quedamos libres.

Si perteneces a esa minoría de afortunados que se criaron con un padre y una madre cariñosos y capaces de responder de manera responsable, afectuosa y sincera a la necesidad de amor y orientación de sus hijos, es bastante probable que no sientas ninguna necesidad de perdonar para sanar sentimientos de rabia y rencor. De todas maneras te puede ser útil el perdón para transformar hasta esas pequeñas irritaciones y esos conflictos sin importancia que normalmente surgen en casi todas las relaciones.

No obstante, es posible que pertenezcas a la mayoría de adultos cuyos padres no supieron reconocer y satisfacer sus necesidades básicas, es decir, una relación de amor y afecto, seguridad física y emocional, respeto, inocencia y diversión. Si tus padres no satisficieron esas necesidades básicas y tú aún no te has recuperado ni has sanado tu relación con ellos, es probable que se active tu «niño interior» cada vez que hablas con tus padres e incluso cuando piensas en ellos. También es posible que este «niño interior» entre en actividad en muchas otras relaciones si sus necesidades son importantes y están insatisfechas. La activación del niño interior no es una reacción consciente, sino que se da sin que uno tenga ni voz ni voto en ello. La puede provocar un inocente comentario hecho por el padre o la madre, el sonido de su voz o simplemente su presencia. A veces incluso podemos sorprendernos al estar con nuestros padres y no sentirnos la persona adulta y madura que conocen nuestros amigos y colegas. Uno ve a su madre o a su padre y enseguida se activa el niño de siete años.

Las críticas de nuestros padres causan estragos en nosotros. Sus exigencias y su necesidad de controlar nos enfurecen. Sus negativas nos producen ataques de ira. Sus enfados provocan los nuestros. Continuamos exigiendo un amor que ellos no pueden darnos. Abandonar la esperanza de que nuestros padres satisfagan alguna vez nuestras necesidades suele provocar un profundo sentimiento de pérdida y una honda tristeza que para sanar requieren aceptación y aflicción.

Carol era la mayor de cuatro hermanos en una familia en que los padres eran alcohólicos. Su padre solía maltratar a su madre y la niña sentía la necesidad de protegerla y rescatarla. Cuando inició la terapia a los 41 años, Carol sintió ira contra su madre por no haberse preocupado de ella y empezó a exigirle que estuviera para ella como jamás lo había hecho antes. La rabia ocupaba el lugar de un profundo miedo a la pérdida y el abandono. Por primera vez en su vida sentía rabia contra su madre y la expresaba. Pero sólo cuando sintió el fuerte impacto de la verdad, es decir, que su madre no podía darle lo que tanto necesitaba, pudo entregarse a su intensa y dolorosa tristeza, liberar su honda pena y comenzar a sanar. Carol reconoció que su niña interior no recibiría el amor y el apoyo que necesitaba y merecía de la persona en quien los buscaba de un modo más instintivo.

Igual que Carol, para sanar tu dolor y a tu niño interior herido, tal vez tengas que acudir a terapeutas y consejeros eficientes y comprensivos, a amigos cariñosos dispuestos a apoyarte, a grupos terapéuticos, a otros familiares, a Dios o a lo que en los programas de Doce Pasos, como el de Alcohólicos Anónimos, llaman «poder superior», y a tu Yo. Cuando tu niño interior se siente amado, aceptado y lo suficientemente seguro para sentir y crecer, naces de un modo natural a una experiencia más segura de la edad adulta.
  
Abandonar las expectativas.
Puede haber mucho en juego al perdonar en una relación tan importante y básica como ésta. Hay mucho que dejar ir y mucho que ganar. Una cosa que hay que dejar ir es una imagen idealizada de cómo deberían ser los padres, aun cuando de pequeños ciertamente necesitáramos que fueran distintos a como eran.

Perdonar a los padres requiere abandonar la expectativa que nos lleva a exigirles lo que no nos pueden dar. Se puede desear que sean diferentes, y ayudarlos activamente a cambiar, pero para perdonar y tener paz mental es necesario dejar de aferrarse al hecho de que los padres deban ser de una u otra manera. Si continuamos exigiéndoles, aunque sea en un grado mínimo y sutil, lo que tal vez no son capaces de darnos en este momento, seguirá habiendo rabia, resentimiento y sentimiento de culpabilidad en todos los implicados.

El trabajo de cuidarnos y nutrirnos ha de pasar de nuestros padres a nosotros mismos. De ti depende continuar con tu vida eligiendo las cosas que te nutran y apoyen. Lo que necesitabas, deseabas y esperabas que te dieran tus padres tendrás que buscarlo en ti mismo y en otras personas. La adaptación a esa realidad puede activar muchísima ira. Es posible que tu niño interior chille: "Eso no es justo. Son ellos los que deben cuidar de mí. Era su trabajo darme estas cosas". Si bien una reacción así puede ser muy profunda y auténtica, llega un momento en que dejar de aferrarse a los padres es un paso necesario hacia nuestro propio poder.


Abandonar la lucha
Para perdonar, es necesario estar dispuesto a abandonar la lucha que hay implícita en el resentimiento. Al comienzo esto puede parecer muy arriesgado. En cierto modo, luchar nos hace sentir fuertes o que estamos vivos, y al abandonar la lucha con nuestros padres es posible que nos sintamos amenazados por una sensación de derrota y desvalimiento. No obstante, para sanar necesitamos permitirnos temporalmente sentirnos así, confiando en que más allá de esos sentimientos hay una fuerza interior profundamente arraigada en el Yo. Cosa sorprendente, es posible que la lucha o tensión se haya convertido en nuestra compañera de confianza, siempre presente y familiar. Dejar de luchar cambia la relación que tenemos con nosotros mismos y con nuestros padres. Tal vez la lucha tenía por objetivo separarnos de ellos, pero en realidad nos ha mantenido atados no sólo a ellos sino también a nuestra infancia.


Robin Casarjian