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viernes, 23 de septiembre de 2011

Padres adictos a sus hijos


Consideramos "buen padre" a aquel preocupado por el bienestar de sus hijos, que les provee todo aquello que necesitan, que les ayuda a vencer sus dificultades y a resolver sus problemas, que les cuida y contiene, etc. Pero, así como este comportamiento puede ser sinónimo de una buena paternidad, puede esconder una peligrosa -y muy corriente- adicción!

Esta reflexión surge de contemplar la situación que viven muchos padres de hijos adultos, que continúan atendiéndoles, brindándoles comodidades y recursos, resolviéndoles problemas y cubriendo sus necesidades, a pesar de no existir un problema económico, de salud, o de otra índole.

Tras un primer análisis de esta situación, los padres pueden aparecer como "víctimas" de hijos dependientes, que se niegan a abandonar la comodidad y la seguridad del hogar paterno y continúan "viviendo de sus padres". Pero al pensarlo mejor, cabe preguntarse: ¿quién depende de quién?

Sostener una situación de "padre proveedor - hijo necesitado" cuando los hijos ya son personas adultas, muchas veces es manifestación de una hijo-dependencia: detrás del sostenimiento de la dependencia de los hijos hacia sus padres... se esconde la dependencia de los padres hacia sus hijos.

Hay padres que permiten -e incluso alientan- que sus hijos adultos sigan necesitando de ellos, porque sienten miedo de quedarse solos, de enfrentarse al "nido vacío". Al continuar atendiéndoles y tratándoles de la misma forma que cuando eran niños o adolescentes (y en algunos casos sobredimensionando esta atención), los padres se sienten más necesitados... más "padres". Los hijos -por su parte- se sienten más "hijos" (en cierta forma, más "niños"), al ver que sus padres están dispuestos a atenderles, cuidarles y satisfacerles diferentes necesidades. Esta prolongación de la relación "adulto-niño" les libra de enfrentar sus propios miedos, como el fracaso laboral o afectivo. Como resultado, se crea una complicidad entre ambos: los padres prefieren que sus hijos no "crezcan" y estos prefieren no "crecer".

Una de las mayores dificultades de la paternidad es adaptarse al crecimiento de los hijos. Cuando tienen ocho, seguimos tratándolos como si tuvieran tres, cuando tienen quince como si tuvieran ocho... y cuando alcanzan los treinta como si aún tuvieran quince! Nos cuesta aceptar que han crecido. Inconscientemente, deseamos que ese hombre -o esa mujer- sigan siendo el bebé que nos requería todo el tiempo. Este deseo nos lleva a perpetuar el rol de padres proveedores y protectores.

A ello se suma una incapacidad concreta: no sabemos ser padres de un adulto. No podemos visualizar otra función que no sea "criar" a un hijo. Como consecuencia, ejercemos nuestro rol frente a hijos adultos de la misma manera que lo hacíamos cuando eran niños.

La hijo-dependencia perjudica a padres e hijos, porque les impide su natural desarrollo. Así como -eventualmente- todo hijo necesita "romper el cordón" y comenzar su propia vida, todo padre necesita que su relación de pareja evolucione, recuperar espacios de intimidad perdidos tras la llegada de los hijos y retomar proyectos personales que quedaron postergados por la crianza de los niños. Para hacer posible esta evolución, es preciso transformar el rol de padres.

La paternidad requiere una transformación continua. Cuando nuestros hijos crecen y maduran hasta convertirse en adultos, como padres debemos evolucionar para acompañar ese crecimiento. Esta evolución comienza por reconocer que tenemos frente a nosotros a una persona adulta que necesita ser tratada como tal. Como cualquier adulto, tiene derechos y responsabilidades: el derecho de gozar de privacidad, de tomar sus propias decisiones, de vivir la vida que elija vivir y la responsabilidad de asumir compromisos con él mismo y con su entorno.

Desde luego, esta evolución es gradual. No podemos -de la noche a la mañana- pasar de tratar a nuestros hijos como niños, a tratarlos como adultos. Paulatinamente, con cada nueva etapa de la vida que ellos inician, nosotros debemos adaptar la forma en que les tratamos, las exigencias que les imponemos, los espacios de libertad que les concedemos y las necesidades que les cubrimos.

Una conocida frase dice: "Una vez padre... padre para siempre." Definitivamente, somos padres para siempre y jamás abandonaremos este rol... pero sí debemos adaptarlo. Que no recurramos a cubrir cada necesidad o a resolver cada problema que tienen nuestros hijos adultos, no nos hace menos padres. No es señal de una paternidad menos responsable, comprometida o activa, sino de una paternidad diferente: ¡una paternidad adulta!

Para ejercer una paternidad adulta, necesitamos superar la hijo-dependencia y transformar una relación dependiente en una interdependiente, en la que padres e hijos interactuemos de igual a igual, nos respetemos mutuamente, nos ayudemos unos a otros, confiemos en nuestras capacidades y nos demos el suficiente espacio para crecer como personas.