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domingo, 11 de septiembre de 2011

La gran oruga peluda

Nota del autor


Parece ser que esta parábola tiene, para los niños, un mensaje inconfundible. Cuando se presenta en directo, la oruga dudosa tiene una voz profunda, cansada. Puede que incluso usted reconozca a la oruga cuando lea esto; muchas personas lo hacen. Es también una de mis favoritas.

El bosque estaba rebosante de vida, y debajo del tapiz de hojarasca que cubría el suelo, la gran oruga peluda hablaba a su grupo de orugas discípulas. No había cambiado gran cosa en la comunidad de las oru­gas. El trabajo de la gran oruga peluda era vigilar al grupo para que se conservaran y respetaran las viejas costumbres. Al fin y al cabo, eran sagradas.
–Se dice –decía la gran oruga peluda entre mordis­co y mordisco a su comida de hojas– que hay un espí­ritu en el bosque que está ofreciendo a todas las oru­gas un nuevo contrato mejor. Ñam, ñam. He decidi­do conocer a este espíritu y aconsejaros sobre lo que tenéis que hacer.
–¿Dónde encontrarás al espíritu? –preguntó una de las discípulas.
–Vendrá a mi –dijo la gran oruga peluda–. Al fin y al cabo yo no puedo ir muy lejos, ¿sabes? No hay comida más allá de la arboleda. No puedo quedarme sin comida. Nam, ñam.
Así que cuando la gran oruga se quedó sola, llamó en voz alta al espíritu del bosque y, poco después, el grande y tranquilo espíritu se acercó a ella. El espíritu del bosque era hermoso, pero gran parte de él queda­ba escondida puesto que la oruga no se movía de su cómodo lecho de hojas.
–No puedo ver bien tu cara –dijo la gran oruga.
–Ven un poco más arriba –dijo el espíritu del bos­que con voz amable–. Estoy aquí para que me veas.
Pero la oruga seguía donde estaba. Al fin y al cabo, ésta era su casa, y el espíritu del bosque estaba aquí porque le había invitado.
–No, gracias –dijo la gran oruga peluda–. Dema­siadas molestias. Dime, ¿qué es todo eso que oigo sobre un gran milagro sólo disponible para las orugas, no para las hormigas ni para los ciempiés, ¡sólo las orugas!?
–Es verdad, –dijo el espíritu del bosque– habéis ganado un regalo maravilloso. Y si decidís que lo que­réis, os diré cómo conseguirlo.
–¿Y cómo lo hemos ganado? –preguntó la gran oruga peluda, ocupada con su tercera hoja desde el principio de la conversación–. No recuerdo haberme presentado a nada.
–Lo habéis ganado a través de vuestros maravillo­sos esfuerzos de toda la vida para hacer que el bosque siguiera siendo sagrado –dijo el espíritu.
–¡Pues claro! –exclamó la oruga–. Hago esto cada día, cada día. Soy la líder del grupo, ¿sabes? Por eso estás hablando conmigo en lugar de con cualquier otra oruga.
Al oír este comentario, el espíritu del bosque son­rió a la oruga, aunque ésta no pudo verlo puesto que había decidido no salir de su hoja.
–He hecho que el bosque siguiera siendo sagrado durante mucho tiempo –dijo la oruga–. ¿Qué me ha tocado?
–Es un regalo maravilloso –contestó el espíritu del bosque–. Ahora eres capaz, a través de tu propio esfuer­zo, de convertirte en una hermosa criatura alada y ¡volar! Tus colores serán impresionantes, y tu movilidad dejará boquiabiertos a todos cuantos te vean. Podrás ir volando a donde quieras dentro del bosque. Podrás encontrar comida en todas partes y conocer a nuevas hermosas criaturas aladas. Y todo esto lo puedes hacer inmediatamente si quieres.
–¡Orugas que vuelan! –reflexionó la peluda–. ¡Es increíble! Si es cierto, muéstrame algunas de esas oru­gas voladoras. Quiero verlas.
–Es fácil –contestó el espíritu–. Simplemente viaja a un lugar más elevado y mira a tu alrededor. Están por todas partes, saltando de rama en rama disfrutan­do de una vida maravillosa y abundante al Sol.
–¡Sol! –exclamó la oruga–. Si realmente eres el espí­ritu del bosque, sabrás que el Sol es demasiado cálido para nosotras las orugas; nos cuece, sí, no es bueno para el pelo, sabes, tenemos que estar en la oscuridad; no hay nada peor que una oruga con el pelo feo.
–Cuando te transformes en la criatura alada, el Sol resaltará tu belleza –dijo el espíritu amable y pacien­temente–. Los viejos métodos de tu existencia cam­biarán radicalmente, y dejarás los viejos hábitos de oruga por el suelo del bosque y te lanzarás a las nue­vas maneras de las aladas.
La oruga se quedó callada por un momento.
–¿Quieres que deje mi cómodo lecho y viaje a un sitio alto, al sol, para tener una prueba?
–Si necesitas una prueba, esto es lo que tienes que hacer –contestó el paciente espíritu.
–No, –dijo la oruga–, no puedo hacer esto, tengo que comer, ¿sabes? No puedo ir a sitios desconoci­dos bajo el Sol a papar moscas mientras hay trabajo aquí. ¡Demasiado peligroso! De todos modos, si fueras el espíritu del bosque, sabrías que los ojos de la oruga apuntan hacia abajo, no hacia arriba. El gran espíritu de la Tierra nos dio buenos ojos que apuntan hacia abajo para que podamos encontrar comida; cualquier oruga sabe eso. Lo que pides no hace para una oruga –dijo la oruga peluda, cada vez más desconfiada–. El mirar hacia arriba no es algo que hagamos a menudo.
continuará...