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domingo, 24 de enero de 2010

El Despertar

Uno Mismo


Cuando descubro mi auténtico yo, deseo tu bien y el mío. Dejo de creer que conseguiré algo valioso quitándotelo a ti. Efectivamente, sé que cuanto más te dé a ti, más me daré a mí mismo.

La verdadera naturaleza no es lo que yo veo como «yo». No es lo que veo como «tú». Está más allá de todos los conceptos estratificados del «yo» y del «tú». Es más correcto describir al verdadero yo como «yo en ti y tú en mí». Es la interpenetración del ser. Es la conciencia que nos honra a los dos en este momento.

Cuando veo mi Naturaleza Verdadera, estoy viendo únicamente la Naturaleza Verdadera en ti. Ver a través de mi Naturaleza Verdadera es ver más allá de tu máscara, de tu apariencia, hasta llegara tu esencia. Es verte a través de mi amor y de la aceptación de mí mismo.

La manera que tengo de verte a ti refleja la manera que tengo de verme a mí. Cuando me miro con compasión, te veo a ti bajo ese mismo prisma. Aunque me insultes, no te responderé temeroso, porque sé, por propia experiencia, que esos insultos representan lo que sientes hacia ti mismo. Sé que proyectas sobre mí el odio que sientes hacia ti, porque te resulta demasiado agobiante. Y no quiero reforzarte el odio que sientes hacía ti mismo, por eso te respondo de una manera que respeta la dignidad inherente que hay en ti y en tu deseo de aceptación.

Cuando te doy el amor que tú me niegas, estoy dando ese amor para los dos. Te animo a no abandonarte. Te digo: “Tengo suficiente amor para los dos, y como en estos momentos tú no lo ves, te lo enseñaré.” Y, al hacerlo así, construyo un puente sobre la separación que sientes.

Cada interacción que tengo contigo me ofrece la posibilidad de escoger entre afirmar la persona que verdaderamente soy o ponerme la máscara de la identidad. Cuando me pongo la máscara, veo la separación que hay entre nosotros. Veo diferencias entre tu bien y el mío. Y pierdo la conexión con lo más verdadero de mí y lo más verdadero de ti.

La mayoría estamos convencidos de que el mundo en el que vivimos es un mundo competitivo, un mundo de tú contra yo, de lo tuyo contra lo mío, un mundo en el que yo envidio tu éxito porque creo que al conseguir algo bueno para ti me arrebatas la atención. ¿Te sorprende que experimentemos dificultades, sacrificios, egoísmo y avaricia?

Este mundo competitivo es un engaño, un triste sueño del cual podemos despertar, del cual despertaremos. Nuestra creencia, en este tipo de mundo es la que nos hace mantener las máscaras puestas y la que recicla nuestros miedos.

Este mundo competitivo no nos ofrece una felicidad o una paz verdadera. Entonces, ¿por qué continuamos creyendo en él? ¿Cuándo estaremos dispuestos a ver un mundo diferente?

Cuando nos quitamos las máscaras, cuando aceptamos la verdad sobre nosotros mismos y sobre los demás, cuando dejamos de competir unos con otros para conseguir amor y aprobación, encontramos la verdadera felicidad. El amor nos pertenece a todos por un igual. De este modo, no es difícil darlo ni recibirlo.